Te amo, Hanna, el correo es una interferencia, tenés razón, y también se interpone el bolígrafo, el dedo, el papel —la nube que pasa y hasta la mar en coche—. Quiero estar con vos en la calle Berna, quiero suprimir las interferencias, esas que tal vez por imbecilidad (o por una rasgo de “humor negro”) llamamos “prácticas”. Te ruego —como corresponde: de rodillas— que no me obligues a prometerte que “no sufriré más”. Porque no dudaría en prometértelo (inmoralidad básica del amor).
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¿Qué esperás, Hanna? ¿De qué te sirvo aquí? Mandame el billete y el dinero (poco) para llegar hasta Berna 40, entresuelo 5. Te beso profundamente. Ya estamos juntos y nos queremos.