Aunque estoy viejo y valetudinario, soy un buen muchacho, y hasta me atrevería a afirmar que bastante inteligente. Anoche, al acostarme, tuve esta revelación; comprendí entonces que había llegado el momento de escribirte. El bienestar llega, está llegando, invernalmente en primavera; me ahorco en mi bufanda y salgo a mirar el mar; buen apetito y orgías de televisión. No debo inquietarme, “No debes inquietarte”, le digo a mi alma. Al fin y al cabo mi deseo apuntó siempre a las buenas causas, como el stalinismo, el nazismo (tema eterno, pretexto del amor), el galtierismo invasor de las islas, la economía “final” de Martínez de Hoz y el voto cantado, es decir, el arte de vanguardia, esa ingenuidad de las alturas. Caro César, sólo la contrafobia puede armarme caballero.
¡Que nunca haya tenido un pensamiento “serio”! ¿Tendré que convertirme en un sabio? Tengo las pistas: Irigoyen, Macedonio, Perón, artífices del zen criollo. La guitarra en el ropero todavía está colgada. Me parece que a esos tres les costaba dar el paso de guitarra a música. Entonces se dedicaron a la política chistosa. El tiempo de fumar un cigarrillo y tomar unos mates. Que fue todo el tiempo.
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Estoy contento como un Lamborghini en la indigencia, en la mendicidad. Estoy en el portal de tu profética confusión de lectura. Perfecto. Es el amable Sebregondi quien merece lo mejor: la poesía, el lujo y el tin tin del oro.